De rincones

No hay lugar que sea sólo un lugar. No hay lugar que no sea lo que en él hemos vivido, llorado, sentido, reído, amado. Y, aunque sucede en cualquier espacio, hay lugares que son algo más.

A mí me pasa con esta casa, que no es sólo una casa; tampoco es sólo un hogar. Es algo que se respira en ella, como si todo lo sentido siguiera vivo en algún sitio, escondido en los rincones. ¡Ay, los rincones! Mágicos, secretos, verdes; esquinas, árboles, fuente; el banco del jardín, el sillón frente al piano, la gruta de piedra, las macetas del soportal, la escalera junto a la ánfora. ¡Pasaría horas nombrándolos y no sabría cuándo acabar!

Y es algo más allá de los recuerdos, de los paseos de la mano de la abuela entrando a la masía por la entrada principal o de los años de juegos. Es el ver a mis hijos aquí, correteando, hablando a escondidas bajo la sombra de los olivos, imaginando monstruos maravillosos nadando en la balsa, con una mezcla preciosa de nostalgia de niñez y orgullo materno. Es como si mirándoles me viera a mí misma a través de una mirilla, como si volviera a ser yo la que espera divertida detrás un ciprés para asustar al abuelo que se acerca  y que finge no haber visto nada para no frustrar el mar de carcajadas que viene después. Y nada me gusta más que tu risa, corazón. Ese es mi mejor lugar, esa es mi mejor canción[1].

Es cuando comprendo por qué es tan especial este lugar: porque es tan mío como suyo, es tan nuestro como vuestro. Porque no lo he llenado sólo yo, ni mis padres o hermano o abuelos. ¡Ay, los rincones! Están llenos de historias de amor, de fantasías. De parejas que dicen “sí” y de niños y niñas que vienen a convivir. De dragones alegres, de torres con princesas, de indios del bosque y piratas de cuento. De primeros bailes y apasionados besos, de reencuentros mágicos y abrazos eternos. De luces, vestidos, colores, canciones. De novias radiantes, de novios llorando, de fotos de ensueño. De recuerdos preciosos. De vosotros, de ellos, de ti.

¡Ay, los rincones! Quizá esconden mucho, pero yo creo que simplemente lo guardan y lo protegen. Pensamos que nos llevamos un trocito de lugar en nuestros recuerdos y al fin y al cabo son nuestros recuerdos, un pedacito de nosotros mismos, los que se quedan en algún rincón, impregnándolo siempre.

Dicen que hay lugares de los que uno no se va nunca. Gracias por no haberte ido, por permanecer de algún modo en todos los rincones de Can Ribas. ¡Ay, los rincones!

 

[1] Fito Paéz

Fotos: Pablo Ricciardulli